Cuando pedí a la directora municipal una mesa de diálogo con la empresa que sepultó mi casa bajo cemento, me dijo: presentá a la fiscalía, que nosotros acompañamos. Al día siguiente tuve 20 camiones más frente a mi casa. Y una docena de abogados y funcionarios involucrados en la cuestión. Luego de 10 años de litigios administrativos y fiscales, el conflicto sigue intacto. Pero varios bolsillos engordaron por el camino. Tanto la empresa, como yo, fuimos perjudicados por una “institucionalidad” que se alimenta del conflicto. Ellos por haber pagado cuantiosas multas (oficiales o menos). Yo por sufrir represalias cada vez que exijo mi básico derecho a que no me barran cemento por la cara.

“lo que aparenta ser un desorden administrativo casual o involuntario, es en realidad una estructura de maltrato permanente al ciudadano que busca la garantía de sus derechos, financiada por los intereses corporativos”

Consulté a diestra y siniestra sobre especialistas en mediación, solo para confirmar que todo nuestro aparato judicial está orientado -desde la Facultad hasta la Corte- a alimentar conflictos largos y desgastantes, de los que se benefician castas leguleyas y funcionarias, poniendo en resguardo y consolidando su poder económico y político, mientras el común de quienes esperan justicia se desangra.

La absoluta ignorancia cívica de la población que resulta del sistema educativo universal, es la contraparte que sostiene estas relaciones. Educación y justicia, sin duda dos de los legados más perversos del autoritarismo stronista-colorado, que se condensan, hasta hoy, en la Facultad de Derecho, donde las denuncias de nepotismos y favoritismos son cotidianas.

Un dato no menor es que Paraguay triplica y hasta quintuplica la cantidad de abogados por habitante en comparación con otros países de América y Europa. El negocio del conflicto es prometedor, teniendo en cuenta algunos estudios que promedian una duración de cinco años para el fuero civil. El tiempo funcionario calza a la necesidad de ralentizar procesos, cuando conviene al “pagante”, y se cotiza cuando requiere acelerar instancias.

Pero no solo abogados, fiscales y jueces administran conflictos. También lo hacen las autoridades nacionales, y sobre todo, municipales. En este campo, la recaudación es casi siempre paralela, y la cotización aumenta cuando crecen la dimensión y la visibilidad del conflicto. Son comunes, inclusive, recaudaciones periódicas de funcionarios que hacen la vista gorda ante quien origina el conflicto, o que ofrecen protección especial a una de las partes.

La transición paraguaya parecería haber desembocado, antes que en relaciones más democráticas, en una nueva forma de autoritarismo, que teje su trama fuera del aparato estatal, para someterlo completamente al interés privado. Aquí ya no se piensa en el Estado nación como unidad de desarrollo, sino en la consolidación del propio grupo corporativo. En este escenario, los conflictos abundan, y lo que aparenta ser un desorden administrativo casual o involuntario, es en realidad una estructura de maltrato permanente al ciudadano que busca la garantía de sus derechos, financiada por los intereses corporativos.

Los lenguajes del odio promovidos algorítmicamente han venido, sin dudas, a expandir y agudizar los conflictos en la sociedad de la ciber-vigilancia.

Una sociedad que no apuesta a mecanismos eficaces de resolución de conflictos es una sociedad que se consume a sí misma ante el enorme costo humano y social de la prolongación y agudización de sus conflictos. Y una sociedad consumida en esta lógica es terreno fértil para el desarrollo y la consolidación de autoritarismos expoliadores.

No es casual que apenas terminada la pandemia, un engendro como Milei se autoproclame mesías de la “libertad carajo”, sobre una conceptualización ideológica mucho más cercana al carajo que a la libertad.

La Revolución Francesa, episodio histórico fundante del Estado moderno, recogiendo siglos de debates filosóficos, había concluido que la única forma de vida armónica para el ser humano, era la de un Contrato Social basado en el reconocimiento de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Con todas las contradicciones de un proceso eminentemente burgués, estos conceptos sentaron las bases de Constituciones Nacionales a lo largo y ancho del planeta, y su gran importancia se reafirmó luego de la catastrófica Segunda Guerra y las primeras Bombas Atómicas, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La libertad sin igualdad se convierte en derecho a la explotación para los que más tienen. Y la imposición de la igualdad se vuelve opresiva para quienes más pueden. Solo desde una mirada fraterna, o un sistema de justicia social, se puede equilibrar la tensión entre estas fuerzas contradictorias en un marco pacífico.

La nueva formulación ideológica del librecarajismo parece prescindir de todo el debate filosófico -histórico, geográfico y antropológico- de la humanidad, prometiendo haber descubierto el agua caliente, o tal vez el santo grial. La aceptación de sus postulados en el seno de una sociedad con enorme tradición política como la argentina, podría encontrar una explicación en el punto de inflexión que representó la Pandemia 2019 a escala planetaria.

Luego del prolongado encierro global y el aislamiento social, y de sus fuertes impactos psicosociales, es razonable un deseo desmesurado de libertad, por fuera de cualquier límite racional. Al mismo tiempo, los confinamientos significaron un salto dialéctico en cuanto al manejo de la información y la construcción de sentidos. Mientras que todo pasó por plataformas de reuniones virtuales -con sistemas de transcripción instantánea que desembocaron en formas de Inteligencia Artificial- y redes cada vez más desenfrenadas de consumo como TikTok, surgieron movimientos terraplanistas y otros que desafiaron, con ideas disparatadas, los principios básicos de los paradigmas científicos de la humanidad.

El librecarajismo es uno de ellos, montado sobre las contradicciones de los procesos político-económicos de la Argentina, y catapultado por inversiones siderales en plataformas de información. Milei representa el advenimiento de las democracias de TikTok, en las que la fragmentación del conocimiento es molecular, la manipulación de masas es quirúrgica, y los ritmos del consumo mantienen al individuo en un permanente estado de shock.

Detrás del incendiario discurso contra el Estado existe una constante y minuciosa especulación con los recursos económicos de la sociedad argentina. La Teoría de Juegos se ha vuelto central en la formación académica de economistas en Occidente, y el capitalismo post-pandémico ha puesto, como nunca antes, los recursos planetarios sobre el tapete de la timba global, que se juega segundo a segundo, en tiempo real, desde y por cualquier centímetro cuadrado.

El auge de las plataformas de apuestas y juegos de azar ilustra el “espíritu del tiempo” que se ha construido sobre el paradigma económico dominante. Una verdadera inundación publicitaria del sector afectó a equipos y transmisiones de fútbol y otros deportes, y da cuenta de su extensión. Recordemos que Paraguay y Argentina han transcurrido similar senda política en la última década, pasando de presidentes formados en clubes de fútbol a otros alumnos de la economía neoliberal.

La emergencia de criptomonedas es el gran fenómeno que sacude el tablero económico desde el campo informático, permitiendo intercambios en tiempo real, por fuera de las estructuras nacionales de control.

El fenómeno publicitario en plataformas dominantes, por su parte, produce los cambios correspondientes en el campo simbólico. Al romperse la “trazabilidad” de la información, impidiendo que el receptor identifique al emisor (o a su patrocinante), prevalecen solamente el mensaje y la repetición. Es decir, un terreno en el que la correlación entre inversión económica / voluntad de quien controla el algoritmo, es absolutamente directa a la capacidad de alcance / construcción de una verdad (posverdad?). Si bien los medios tradicionales tenían un poder similar, era posible identificar al emisor, develando sus intereses, al tiempo que éstos estaban exigidos a mantener trazos de veracidad para sostener la empresa.

Es inocente pensar que, detrás de títeres y pelucas, no existen poderes globales reales que están haciendo uso de las nuevas capacidades tecnológicas para el control social y la imposición de condiciones favorables a sus especulaciones en el campo económico. El postulado del librecarajismo es, en última instancia, la defensa de la libertad de especulación financiera sin límites: aquélla en la que los grandes jugadores del póker global apuestan los recursos de la economía real. Un postulado que coincide con crisis reales de los Estados nación, fundadas en su incapacidad de gobernar la innovación tecnológica de manera soberana

Milei visita a Elon Musk en su paso por Estados Unidos, Abril 2024, Foto elmundo.es

En este contexto, bajo influencia de los algoritmos, la hegemonía del otrora progresismo se ha vuelto conservadora, individualista y dogmática. Bajo interminables debates sobre la corrección política se ha sepultado la capacidad de análisis y acción frente a los nuevos desafíos tecnológicos, a las posibles formas de evolución o revolución de los Estados nación, a las reconfiguraciones de clase, a las construcciones territoriales de alternativas.

Decía Durkheim (1890 circa) que las sociedades del futuro estarían gobernadas por los cientistas sociales, ya que entendieron la matemática de la interacción social a gran escala. Lo que no pudo prever es que el desarrollo tecnológico llevaría a prescindir de seres humanos para esa tarea. Aún así, las claves sociológicas están hoy en la base de la programación de algoritmos de control comercial y político de la humanidad, a un escala sin precedentes.

La post-pandemia COVID19 estuvo marcada por los despidos masivos de las gigantes tecnológicas. Entre 2022 y 2023 se contabilizan alrededor de 230 mil despidos, lo que representa entre el 10 y el 30 porciento de la fuerza de trabajo, según empresa. Parecería que los algoritmos empezaron a funcionar con lógica propia, luego de la cuarentena global. Nada difícil, considerando la sorprendente capacidad de subtitulado en tiempo real de conversaciones en plataformas como Zoom o Meet.

Uno de los últimos campos al que ha evolucionado la sociología es la lingüística. No hay mejor representación de la sociedad que su propia semántica. El desarrollo de lo que hoy conocemos como inteligencia artificial IA es en gran medida el entrenamiento de sistemas informáticos sobre massive language models; es decir, sobre modelos del lenguaje humano, hechos variables, dimensiones, nubes, enlaces, correlaciones. La eficiencia de los sistemas informáticos en velocidad de procesamiento y capacidad de almacenamiento se ha hecho insuperable, y promete llevar a la comprensión de fenómenos que todo el aparato científico de la humanidad no había logrado comprender. Incluyendo el propio desarrollo de sistemas de IA más sofisticados, a lo que se denomina machine learning.

La Agencia de Investigación sobre Intenet rusa fue acusada de intervenir en las elecciones norteamericanas en 2016. La llaman “fábrica de trolls” o “Kremlin-bots”.

¿Qué posibilidad tiene el sociólogo analógico de desafiar a los sistemas de IA nutridos por el Big Data? Sus conclusiones no serían más que un juego de niños. Si bien los sistemas de interpretación fundados por la sociología son, en gran medida, base de los análisis matriciales de la IA, la cantidad de datos recogidos por el big data es absolutamente inasequible a la sociología tradicional, así como la velocidad del procesamiento, la calidad del dato, e inclusive el análisis de la interactividad en tiempo real, tanto a nivel individual, como en agrupaciones y estratificaciones de distinto nivel.

Lo peligroso es que esta tecnología está lejos de poder ser gobernada, ya que la arquitectura de sus dispositivos y lenguajes es incomprensible para la gran mayoría de la humanidad. ¿Quién puede acceder hoy al big data? ¿Quién sabe realmente cuál es el poder de control de los dispositivos móviles? Son probablemente las preguntas más importantes de nuestro tiempo. Detrás de todo proveedor de hardware, servidor informático o plataforma social hay personas y empresas, con intereses políticos y económicos concretos, y susceptibles, por tanto, de operaciones de comercialización y manipulación de datos. Estos datos no siempre representan una intromisión en la privacidad de los usuarios a escala individual, pero adquieren relevancia en su masificación. La teoría de masas, segundo a segundo, y con precisión estadística milimétrica.

El interrogatorio a Zuckerberg en el Congreso de Estados Unidos (2018) luego del escándalo de Cambridge Analytica dejó en claro que muchos legisladores no entienden qué ni cómo legislar . Foto NYT.

El complejo industrial orientado al desarrollo de hardware, de software y de servicios de transmisión y almacenamiento de datos son nucleares en el desarrollo e implementación de esta nueva ciber-sociología. Atravesadas por la necesidad de programar obsolescencias, van construyendo escenarios que se autorrealizan mediante la administración de la innovación. El alevoso downgrade -en los últimos años- de funcionalidades en plataformas dominantes, así como en aplicaciones gratuitas y hasta sistemas operativos, responde a la necesidad de monetizar servicios, sea a través del cobro directo al usuario, o de la intermediación con empresas de publicidad y gestión de big data. Como Cambridge Analytica, éstas últimas cierran el triángulo entre la manufactura (hardware, software, conectividad), el aparato publicitario (redes y plataformas dominantes y de empresas conexas), y las unidades de data scraping o data brokers a partir de las que se construye el Big Data.

La era del internet libre, en su doble sentido anglosajón free, parece estar llegando a su fin. Un hito a considerar es el año 2018, cuando Estados Unidos legisla en contra de la neutralidad de la red, principio sobre el cual se habían fundado y habían funcionado los sistemas de interconectividad hasta aquél momento. El peso que tienen las empresas norteamericanas en la provisión de servicios globales, hace que los impactos trasciendan ampliamente sus fronteras.

El salto del computador a dispositivos táctiles supuso, en términos de sistemas operativos, un paso del control ordenado de la información por parte del usuario, a la dictadura de la interfaz que, permanentemente, sugiere contenidos “aleatorios”. Guiada por los algoritmos de las plataformas dominantes, esta nueva lógica permea las bases estructurales de los sistemas operativos, que, cuando menos, dificultan operaciones esenciales como la catalogación de archivos. Esto se traduce en una nueva relación con el dispositivo, que asume tramos de control sobre la voluntad del individuo, en un continuum casi absoluto. Nuestras memorias ya no están en el inconsciente, sino en algoritmos que nos sugieren qué recordar.

El lanzamiento del primer Iphone en enero de 2007 marca el inicio de una nueva era de dispositivos informáticos.

Esto se traduce en una nueva relación con el dispositivo, que asume tramos de control sobre la voluntad del individuo, en un continuum casi absoluto. Nuestras memorias ya no están en el inconsciente, sino en algoritmos que nos sugieren qué recordar.

La clasificación social ha empezado a dividir a quienes pueden acceder al Big Data y a sistemas de procesamiento centrales, de una periferia en la que solo se puede consumir sin criterio lo que las matrices dominantes establecen masificar. En el mismo sentido, la sociología que no accede al big data, será cada vez más marginal. Solo aquella que, desde la perspectiva crítica, transcurra hacia el análisis de los lenguajes de la programación informática, tendrá el sentido de alertar sobre la utilización de nuevas ecuaciones de manipulación y control, y hacia la construcción de códigos de gobernanza para las tecnologías ya no tan nuevas.

Los discursos del odio son producto de algoritmos. Milei es producto de algoritmos. Se trata de crear códigos, legal-informáticos en sentido weberiano, que orienten el desarrollo tecnológico hacia relaciones de solidaridad y bienestar.

(*) Aquella cuya metodología de recolección y análisis de datos se basa mayormente en el trabajo humano. Aún cuando se utilizan procesadores informáticos, no accede a sistemas de machine learning ni a lotes de big data.