
No es casual que apenas terminada la pandemia, un engendro como Milei se autoproclame mesías de la “libertad carajo”, sobre una conceptualización ideológica mucho más cercana al carajo que a la libertad.
La Revolución Francesa, episodio histórico fundante del Estado moderno, recogiendo siglos de debates filosóficos, había concluido que la única forma de vida armónica para el ser humano, era la de un Contrato Social basado en el reconocimiento de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Con todas las contradicciones de un proceso eminentemente burgués, estos conceptos sentaron las bases de Constituciones Nacionales a lo largo y ancho del planeta, y su gran importancia se reafirmó luego de la catastrófica Segunda Guerra y las primeras Bombas Atómicas, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
La libertad sin igualdad se convierte en derecho a la explotación para los que más tienen. Y la imposición de la igualdad se vuelve opresiva para quienes más pueden. Solo desde una mirada fraterna, o un sistema de justicia social, se puede equilibrar la tensión entre estas fuerzas contradictorias en un marco pacífico.
La nueva formulación ideológica del librecarajismo parece prescindir de todo el debate filosófico -histórico, geográfico y antropológico- de la humanidad, prometiendo haber descubierto el agua caliente, o tal vez el santo grial. La aceptación de sus postulados en el seno de una sociedad con enorme tradición política como la argentina, podría encontrar una explicación en el punto de inflexión que representó la Pandemia 2019 a escala planetaria.
Luego del prolongado encierro global y el aislamiento social, y de sus fuertes impactos psicosociales, es razonable un deseo desmesurado de libertad, por fuera de cualquier límite racional. Al mismo tiempo, los confinamientos significaron un salto dialéctico en cuanto al manejo de la información y la construcción de sentidos. Mientras que todo pasó por plataformas de reuniones virtuales -con sistemas de transcripción instantánea que desembocaron en formas de Inteligencia Artificial- y redes cada vez más desenfrenadas de consumo como TikTok, surgieron movimientos terraplanistas y otros que desafiaron, con ideas disparatadas, los principios básicos de los paradigmas científicos de la humanidad.
El librecarajismo es uno de ellos, montado sobre las contradicciones de los procesos político-económicos de la Argentina, y catapultado por inversiones siderales en plataformas de información. Milei representa el advenimiento de las democracias de TikTok, en las que la fragmentación del conocimiento es molecular, la manipulación de masas es quirúrgica, y los ritmos del consumo mantienen al individuo en un permanente estado de shock.
Detrás del incendiario discurso contra el Estado existe una constante y minuciosa especulación con los recursos económicos de la sociedad argentina. La Teoría de Juegos se ha vuelto central en la formación académica de economistas en Occidente, y el capitalismo post-pandémico ha puesto, como nunca antes, los recursos planetarios sobre el tapete de la timba global, que se juega segundo a segundo, en tiempo real, desde y por cualquier centímetro cuadrado.
El auge de las plataformas de apuestas y juegos de azar ilustra el “espíritu del tiempo” que se ha construido sobre el paradigma económico dominante. Una verdadera inundación publicitaria del sector afectó a equipos y transmisiones de fútbol y otros deportes, y da cuenta de su extensión. Recordemos que Paraguay y Argentina han transcurrido similar senda política en la última década, pasando de presidentes formados en clubes de fútbol a otros alumnos de la economía neoliberal.
La emergencia de criptomonedas es el gran fenómeno que sacude el tablero económico desde el campo informático, permitiendo intercambios en tiempo real, por fuera de las estructuras nacionales de control.
El fenómeno publicitario en plataformas dominantes, por su parte, produce los cambios correspondientes en el campo simbólico. Al romperse la “trazabilidad” de la información, impidiendo que el receptor identifique al emisor (o a su patrocinante), prevalecen solamente el mensaje y la repetición. Es decir, un terreno en el que la correlación entre inversión económica / voluntad de quien controla el algoritmo, es absolutamente directa a la capacidad de alcance / construcción de una verdad (posverdad?). Si bien los medios tradicionales tenían un poder similar, era posible identificar al emisor, develando sus intereses, al tiempo que éstos estaban exigidos a mantener trazos de veracidad para sostener la empresa.
Es inocente pensar que, detrás de títeres y pelucas, no existen poderes globales reales que están haciendo uso de las nuevas capacidades tecnológicas para el control social y la imposición de condiciones favorables a sus especulaciones en el campo económico. El postulado del librecarajismo es, en última instancia, la defensa de la libertad de especulación financiera sin límites: aquélla en la que los grandes jugadores del póker global apuestan los recursos de la economía real. Un postulado que coincide con crisis reales de los Estados nación, fundadas en su incapacidad de gobernar la innovación tecnológica de manera soberana

En este contexto, bajo influencia de los algoritmos, la hegemonía del otrora progresismo se ha vuelto conservadora, individualista y dogmática. Bajo interminables debates sobre la corrección política se ha sepultado la capacidad de análisis y acción frente a los nuevos desafíos tecnológicos, a las posibles formas de evolución o revolución de los Estados nación, a las reconfiguraciones de clase, a las construcciones territoriales de alternativas.



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